
Quería mirarte a los ojos y decírtelo, decirte cuánto te quiero, cuánto me he ilusionado contigo, cuánto nos he soñado en repetidas ocasiones... Pero entonces me quedé ciega, y ya no pude decirte nada.
El silencio es mi único acompañante. Él y mi respiración. A veces pareciera que no se soportan, y entonces uno intenta opacar al otro. No sé cuál de los dos me produce más ansiedad escuchar en el apogeo de sus gritos; sí, el silencio también me grita. No entiendo lo que dice, sus palabras me son extrañas, pero sé que me grita.
Sí, muchos podrían decir que es sencillamente mi reflejo, una imagen creada por la incidencia de la luz, pero yo sé la verdad. Sé que no es tan simple. Ella no sueña mis sueños, yo sueño sus pesadillas, porque venimos de mundos tan distintos que bueno aquí es malo allá.
¿Y qué si teñía mi cabello de azul eléctrico? ¿Y qué si tenía la cara tatuada hasta en las cejas? ¿Y qué si prefería un libro a una fiesta y el silencio a la escandalosa música? ¿Por eso dejaba de tener sentimientos? ¿Mi diferencia me hacía menos humana? Que las lágrimas no fluyeran en la luz no quitaba que lo hicieran al amparo de la oscuridad, porque incluso mis lágrimas eran vistas casi como un sacrilegio.