Me han atado las manos, los pies... Puedo verlos delante de mí. Inutilizables, pero ahí. Cuando halo siento las cuerdas que me restringen y me dañan. Intento no moverme, porque así la sensación de cautiverio no es tan abrumadora. No recuerdo cómo me dejé capturar, o si hice algo para luchar, para oponerme. No lo recuerdo...

Lo más duro de todo, aún así, no es esto. No son las cuerdas, ni la inmovilidad a la que estoy sometida. Las peores cadenas son las que enlazan mi espíritu, restringen mi mente e inmovilizan mi voluntad para que el miedo haga conmigo lo que quiera. Os aseguro, no hay nada peor que ser entregada al miedo, a la incertidumbre y a la desesperación como una ofrenda, un sacrificio.
A veces cierro los ojos, cuando siento que el vacío en mi pecho se llena con pánico; no me gusta que se llene con pánico. Lo prefiero vacío. Sin embargo, he tenido suerte, porque en mi cautiverio aún soy capaz de decidir si quiero o no abrir los ojos, si extiendo o retriago mis dedos, si grito o me callo...
Otros no tienen tanta suerte. Los demás no tienen la libertad de la que gozo, aunque parezca que no gozo de ninguna.